#Indeleble #RetazosDelCorazónADosTiempos

retazos

Por: Aída López*

 

El fuerte olor a canela llegó a mis recuerdos de cuando en las tardes frías mamá nos preparaba arroz con leche recién ordeñada que pasaba a vender don Pepín. Después de lavar el arroz, lo ponía al fuego con tronquitos de canela y le iba  agregando la leche poco a poco para que no rebozara; lo endulzaba con leche condensada. Decía que no debía moverse mucho ni poco, solamente lo necesario para que no se pegara en el fondo de la olla.

Mi hermano y yo nos sentábamos en el corredor con los platos humeantes hasta que el manjar se enfriaba y podíamos comerlo, siempre estábamos cubiertos con abultados sacos por el frío y con muchos gatos alrededor; unos nuestros y otros que llegaban, de todos los colores y tamaños.

A mamá le gustaban los gatos. Ella era como un gato por su espigada figura. Silenciosa para hacer las cosas, tanto que a veces apenas alcanzábamos a ver su sombra. Su penetrante mirada adivinaba los pensamientos. Mamá siempre nos adivinaba. Recuerdo una vez que no iba a ir a clase y ese día me llevó a la escuela y fue por mí a la salida; en otra ocasión le dije que estaría en casa de una amiga y nos fuimos al cine, también se enteró.

Siempre me pregunté cómo hacía para saber todo. Nunca lo supe, se fue llevándose sus secretos.

 

Algo adorable en ella era verla desenredar sus trenzas que alcanzaban a tocar su cintura. Sentada frente al espejo, con sus dedos iba separando sus cabellos, Era el ritual nocturno desde la muerte del abuelo. Cuando lograba soltarlo por completo, comenzaba a peinarlo; lo hacía cien veces. Ella decía que ese era el secreto para llegar a los setenta y dos años con una cabellera espesa y una que otra cana. Por si algún parásito intentaba hacer nido, usaba peine de marfil y agua de rosas para hidratarlo. Aseguraba que dos trenzas bastaban para abrazar un sueño.

A la semana de la muerte de la abuela, mamá me entregó una caja alargada de cartón, adentro estaban cuidadosamente acomodadas las trenzas como recién hechas. Mi abuela pidió que se las cortaran y me las dieran.

Han pasado más de treinta años, a veces en las noches creo escuchar el chasquido del peine de marfil y siento el olor a agua de rosas, entonces saco las trenzas y las deshago para dejar libre el espíritu de la abuela. Siento su mirada desde el espejo cuando quiere que la devuelva a sus trenzas. Es así como como comienzo a tejer sus cabellos y sus sueños hasta el amanecer, mientras el Claro de Luna de Debussy acompasa mis manos y el aroma a rosas escapa por la ventana.

 

*Aída López, reconocida escritora nacida en Mérida, Yucatán. Psicóloga y Capacitadora Certificada. Cursó el Diplomado en Creación Literaria en la Escuela de Escritores de México (SOGEM) y en la Escuela de Escritores de Yucatán. Ha publicado en antologías internacionales, nacionales y locales; periódicos y revistas nacionales y locales. Miembro del PEN Internacional sede Guadalajara.

 

 

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