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mujeres

Por: Georgina Juárez Lledias

Con frecuencia los  lazos entre mujeres se ven marcados por la competencia. Desde niñas nos han enseñado a luchar a muerte y a ganar en los afectos, comenzando por la figura masculina más cercana. Esta forma de “encontrar nuestro lugar” se ha perpetuado a través de los años y las generaciones.

Afortunadamente, hemos aprendido que esa confrontación constante entre nosotras, no es la única manera de obtener espacios, nuevas corrientes han traído conceptos como la “sororidad” (del latín soror, sororis, hermana e-idad, relativo a, calidad de. En francés, sororité, en italiano sororitá y en español sororidad) Este término de una hermandad entre mujeres, no es sólo para “reunirnos”; es para unirnos y vernos como pares y hacer un nuevo tejido social donde nos reconozcamos mutuamente, nos proporcionemos apoyo, contención y ayuda.

En una visión  más global, la finalidad es la obtención de equidad y derechos de género, ya que si bien Naciones Unidas ha presentado los “Objetivos de Desarrollo del Milenio” (un plan de acciones concretas para promover la equidad de género y la autonomía de la mujer), fue la propia ONU quien tardó décadas en reconocer la violencia de género, primero en 1979 cuando señaló esta problemática y destacó que la violencia dentro del entorno familiar es el crimen encubierto más frecuente en el mundo; para 1993 se realizó la “Declaración sobre la eliminación de la violencia”, cuando este organismo declaró esta vergonzosa situación como una violación de los derechos humanos y una forma de discriminación.

Dos años más tarde, a partir de la Cuarta Conferencia Mundial sobre Mujeres de Naciones Unidas (Beijing, 1995), se reconoció la falta de nuevas políticas por parte de los gobiernos para llegar a una verdadera equidad, también se puso énfasis en las repercusiones tanto para hombres, como para mujeres a partir de la implementación de estos programas. A raíz de estos acuerdos, se empezó a plantear el tema de la equidad de género, como la necesidad de justicia entre hombres y mujeres, reconociendo los objetivos de ambos géneros, lo que se vería traducido en igualdad de oportunidades en todos los ámbitos.

Al ser tradicionalmente las relaciones entre hombres y mujeres asimétricas, por el paradigma social en el que hemos crecido, la carencia de espacios para las mujeres ha sido clara e ineludible. Se han creado políticas de género para fomentar la inclusión de las mujeres dentro del espectro público, sin embargo, esto no ha sido suficiente.

Así pues, a las mujeres nos queda la difícil tarea de organizarnos, ya que no podemos esperar a que las instituciones o los gobiernos nos provean de derechos. Estas nuevas exigencias no pueden conseguirse sólo a través de la lucha constante, más bien deben ser obtenidas de la unión entre nosotras y no la descalificación; una forma poco explorada y que ha frenado las conquistas en materia de equidad. Por tal motivo, este es el momento de reflexionar sobre por qué competimos.

En primer lugar las mujeres estamos en una eterna lucha entre nosotras porque no conocemos otra forma de sobresalir, pasamos siglos sin tener voz, sin ser vistas en la vida pública, nuestro papel se restringía al interior de nuestros hogares, de nuestras familias, en labores de cuidado y crianza. Como resultado, al hacernos visibles, también aprendimos a cerrar el paso a las demás. Lo que perdimos de vista al recrear estos comportamientos una y otra vez fue que dejamos ir valiosas aportaciones de otras mujeres.

Es importante decir que la equidad de género no sólo favorece a las mujeres, impulsa a la sociedad en su conjunto, pues plantea igualdad de oportunidades en todos los ámbitos, es una forma de eliminar la pobreza, un ejemplo claro se arroja en la ENDIREH 2006 (Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares), realizada por el INEGI, que señala que 11.5% de las mujeres que trabajan recibe menos salario o prestaciones que un hombre del mismo nivel y 9.4% tiene menos oportunidades para ascender que un hombre. En 5 años, la situación no mejoró, ya que según el mismo documento, pero en su edición del 2011; 10.74% de las mujeres, o sea 1,975,297,  han percibido un salario menor por el mismo trabajo que realiza un hombre. Datos del Banco de Indicadores del INEGI 2017, revelan que hay 19,726,958 mujeres con trabajo remunerado y de este total 53.98% (4,017,818) perciben 1 salario mínimo. En cambio cuando hablamos de quienes reciben más de 5 salarios mínimos, sólo se contabilizan 744,935 mujeres. A primera vista, esto parece sólo afectar a las mujeres, pero no es verdad, ya que si tomamos en cuenta que la mayoría de los hogares mexicanos son sostenidos por una mujer, es evidente entonces, que esto sólo fomenta la desigualdad y la pobreza para el grueso de la población.

Así pues, la equidad de género es vital para romper los ciclos de pobreza y marginación, ya que sólo así se mejorarán las condiciones de vida para amplios sectores de la población, incluso organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud y Naciones Unidas, reconocen  que la falta de oportunidades, educación, acceso a la salud y trabajo remunerado impactan principalmente a las mujeres.

 

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