Margarita

margarita old

Por: Aída López*

Ella era Margarita, pero no esa que deshojan los enamorados para saber si los seguirán queriendo, sino Margarita La loca. Así la llamaban en el barrio. Su vestimenta de los años cincuenta y el maquillaje mal acomodado en su rostro a veces atemorizaba. La dentadura falsa se movía desacompasada cada vez que hablaba y repetía obsesivamente ciertas palabras que le parecían divertidas. Compraba cuanta cosa pasaban a vender en la puerta de su casa donde una vez vivió con sus dos hermanas. Margarita era la única sobreviviente de la familia, aunque todos oían que hablaba con alguien, quizá con los fantasmas deambulantes en esa vieja casona arbolada de paredes enmohecidas y techos de vigas. Desde afuera se escuchaban carcajadas y hasta interpelaciones que la hacían enojar. Profería insultos, algo inadecuado para su pasado como profesora de primaria, de donde devengaba una modesta pensión. Lo cierto es que no faltaba quien se aprovechara de su ingenuidad vendiéndole cosas inservibles que ella atesoraba. Margarita como las flores, fue perdiendo los últimos pétalos de lucidez que aún chispeaban en su mente. Salía a bañarse en la banqueta, caminaba en camisón por las calles, comía las sobras de los platos. Aseguraba que todas las noches diferentes hombres entraban a su casa a poseerla y que sus hermanas los dejaban pasar por malvadas. Su salud física también mermó. La piel ulcerada ya no soportó los coloretes que un día arrebolaron su rostro. Sus pies descalzos resintieron los pasos. Las frases incoherentes apenas se descifraban. Y La loca, sola. Su decrepitud pasó de la burla a la preocupación de los vecinos. ¿Qué será de ella? ¿Sus fantasmas la enterrarán? Ni a quién heredarle su pensión o las ruinas dónde vive, comentaban. Un día, la casona de permanentes puertas abiertas, guardó silencio. Ni la risa, ni las blasfemias se volvieron a escuchar. Al interior estaba Margarita, cual flor silvestre yacente bajo el guayabo, cubierta de moscas que degustaban de sus yagas. Tan muerta como la cama de hojas crocantes que la soportaban. Lo único que se supo es que La loca murió feliz o eso dedujeron por la mueca roja a fuerza de la dentadura postiza que no alcanzó a abandonar su retorcida boca.

*Aída María López Sosa (1964) Mérida, Yucatán. Psicóloga con especialidad en Tecnología Educativa por la Universidad la Salle. Capacitadora certificada por CONOCER y registrada ante la Secretaria del Trabajo y Previsión Social. Cursó el Diplomado de Creación Literaria en la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM) Guadalajara y en la Escuela de Escritores de Yucatán Leopoldo Peniche Vallado. Ha publicado en la antología Caleidoscopio XIII, editada por la SOGEM Guadalajara (2016). La revista Ahuehuete del Seminario de Cultura Mexicana en su edición marzo-abril 2016. Ha colaborado en la sección cultural de la Crónica de Jalisco con cuento. Una Minificción fue seleccionada y publicada en la antología Vamos al Circo: Minificción Hispanoamericana (2016), con respaldo del fomento editorial de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP). Así mismo fue seleccionada con un texto para la antología Cortocircuito: fusión en la Minificción (2017), de la colección Ficción Exprés del fomento editorial BUAP. Antalogada con narrativa en la edición conmemorativa de la fundación de la ciudad de Mérida en Palabras y Miradas (2017), editada por el gobierno municipal. Antalogada en el proyecto Mujeres que no callan Yucatán (2017). Seleccionada para la antología Resonancias (2018), del Fondo Editorial BUAP. Ha colaborado en revistas y periódicos impresos y virtuales, locales, nacionales e internacionales. Colaboradora en la revista virtual Inteligencia No Artificial y en la revista cultural Molino de Letras de la Universidad de Chapingo. Ganadora del Primer Concurso Nacional de Cuento convocado por Escritoras Mexicanas. Miembro del PEN Internacional (Asociación Mundial de Escritores) sede Guadalajara.

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